EDUARDO VARGAS MONTENEGRO, PhD | El Nuevo Siglo
Domingo, 20 de Abril de 2014

Nuestras resurrecciones

 

Hoy el mundo cristiano celebra la resurrección de Cristo, que es un llamado fundamental a nuestro propio renacer, en el espíritu, lo que realmente somos, así en esta experiencia material no le podamos ver, medir ni cuantificar.  Independientemente de qué creamos alrededor de la experiencia de Jesús -pues cada quien tiene, afortunadamente, la posibilidad de relacionarse con lo trascendente como necesite y quiera, de acuerdo con sus propias apuestas espirituales e incluso religiosas-, el significado de la resurrección sería inocuo si no lo experimentamos en nuestra vida, desde la singularidad misma. Es preciso, antes que nada, que la renovación de la vida se dé en el plano del yo. Podemos resucitar aquí y ahora, hacer una elección consciente de la plenitud a la que estamos llamados como humanidad.

¿Qué sentido tiene la resurrección si seguimos atados a pensamientos, sentimientos y acciones que no provengan del amor? No hablo aquí del amor romántico, sino del amor como la fuerza vital que sostiene todo lo que existe, el amor que se manifiesta en la bondad de los sentimientos, la sinceridad de las acciones y la transparencia de los pensamientos. Si seguimos pensando, sintiendo y actuando con mezquindad, no viviremos realmente eso que tan fervientemente llamamos resurrección: será simplemente una fachada temporal, que durará lo que un merengue en la puerta de una escuela. O templo.

La resurrección requiere ser un hecho de la cotidianidad; si no, carece de sentido.  Es en la vida diaria, en la interacción con los otros y lo otro, donde cobra vigencia;  en el paso del yo individual al nosotros comunitario y al todos nosotros universal.  Podemos celebrar la resurrección de muchas maneras, pero si seguimos siendo intolerantes con el que piensa y es diferente, no estamos haciendo nada. Si seguimos queriendo imponer nuestra verdad, incluso basados en escritos sagrados, continuamos obstaculizando nuestro propio renacer y el del otro. En últimas, si seguimos en los apasionamientos ciegos, desde los cuales invalidamos, ridiculizamos e incluso denigramos del otro, el cuento del amor es eso, solo un cuento.

Nuestras sociedades, en sus complejidades inherentes y coyunturas particulares, necesitan que estemos desde lo individual cada vez más conectados con el amor, la fuerza vital, para salir de los atolladeros. Ah, pero se atraviesan los egos no reconocidos ni integrados, a los que no les interesa para nada la tal resurrección, los que al que piensa distinto no le dan amor sino garrote, así hayan cantado el estribillo a todo pulmón en las celebraciones religiosas. Sin resurrecciones individuales, las colectivas no serán posibles. Entonces seguiremos con discursos vacíos, posiblemente muy religiosos, nada espirituales, esperando otras fechas especiales en el calendario, que terminarán siendo ramplones saludos a una cruz.

@edoxvargas