HORACIO GÓMEZ ARISTIZÁBAL | El Nuevo Siglo
Domingo, 30 de Marzo de 2014

Cien años protegiendo a los ancianos

 

La  más desoladora de las enfermedades es la pobreza. El viejo miserable siempre huele mal y estorba. Hasta su propia familia lo hace a un lado. Este hecho dramático ha originado en todos los ambientes situaciones muy dolorosas. Por eso se mira con inmensa admiración a la Congregación de las Hermanitas de los Pobres. Llevan cien años en Colombia protegiendo a miles y miles de ancianos, con una abnegación y una mística impresionantes. La directora es la Madre Nieves, llena de juventud, de fervor, de talento, de altruismo y de maravilloso poder de convocatoria. Con humor alguien decía que la ’pobreza es llevadera con harto dinero’.

Las tres dificultades de la tercera edad son la pobreza, la soledad y la enfermedad.

La espléndida Congregación Hermanitas de los Pobres ha convertido en realidad todos los mandamientos predicados por pensadores y congresos en favor de los ancianos. Recordemos estos fecundos principios tan carismáticos, pero tan poco practicados. El anciano tiene derecho a vivir con dignidad. Su existencia es sagrada. Hay que facilitarle la vida social. No aislarlo, menospreciarlo o ignorarlo. Las autoridades, los intelectuales, los ciudadanos, todos debemos mirar a los ancianos con simpatía, admiración, respeto y cariño. Ellos también fueron jóvenes, formaron familias, contribuyeron al crecimiento de la comunidad y esperan ser acogidos con dulzura. Al anciano hay que suavizarle sus últimos años dándole compañía y evitándole la soledad y el aislamiento. Rechacemos la discriminación social, racial, religiosa, económica y política. La experiencia, los conocimientos y la sabiduría tan propios de la tercera edad deben aprovecharse. Constituyen una fuerza excepcional.

Las personas mayores deben ubicarse en sitios útiles para la sociedad. La cultura, el servicio social, la educación, la convivencia, la solidaridad pueden sacar de este sector humano magníficos rendimientos. Los mayores tienen derecho a disponer de sus vidas. Es indigno tratarlos como muebles viejos o personas indeseables.

Debemos respetar las ideas, los principios y las opiniones de los mayores. No hacerlo es humillarlos, disminuirlos y maltratarlos. La grandeza de una comunidad se mide por el trato que les da a los ancianos, a los niños, a los discapacitados y a todos los que carecen de recursos materiales o morales para salir adelante. La solidaridad no consiste en estar al lado de otro, en forma inerte. Solidaridad es compartir, colaborar, participar e involucrarse en forma positiva en la vida de los semejantes. El egoísmo es estéril y todo lo destruye. Las personas nos necesitamos los unos a los otros.

A veces, muchos ciudadanos se muestran zalameros y aduladores con los de arriba, con los poderosos, con los bien instalados. En cambio al minusválido, al marginado, al derrotado, se le mira con arrogancia, indiferencia y desdén.

Somos más rumbosos que hospitalarios, fanfarrones que desprendidos. Con cálculo escenificamos falsos gestos de desprendimiento. Muchos cuando dan, quieren recibir el doble. El puente une, el muro aísla. Más que las manos, tendamos el corazón y el espíritu a nuestros semejantes. Y sobre todo, que lo que dé la mano derecha, lo ignore la mano izquierda. El bien no hace ruido y el ruido no hace bien.