LIONEL MORENO GUERRERO | El Nuevo Siglo
Viernes, 28 de Junio de 2013

Un grave dilema 

 

Las Farc, demostrando que son más hábiles para negociar que un jugador de póquer, han colocado al presidente Santos, quien comienza a dar la impresión ante la opinión de pecar de ingenuo, en una grave disyuntiva.

El dilema es el siguiente: a) las exigencias de la guerrilla son tan desmesuradas que a menos de que el Gobierno les haga grandes concesiones a las diez “propuestas mínimas” que presentaron, las negociaciones no podrán culminar antes del inicio de la campaña electoral para el período presidencial 14-18.

El término de meses que el Presidente había fijado para que las conversaciones culminaran (hasta agosto de 2013) lo amplió luego hasta noviembre, plazo que ya hoy parece irreal pues a la fecha solo se ha evacuado uno de los seis puntos de la agenda. Santos sería criticado entonces por usar las negociaciones como elemento para su reelección: “hay que lograr la paz y si no me reeligen, mi contendor (que casi necesariamente tendrá que ser alguien que no coincida en este tema con él) las cancelará y los colombianos se verán privados de terminar la cruenta guerra que nos desangra”. La acusación de este chantaje será suficiente para que Santos no sea reelegido. b) Dar por terminadas las negociaciones aduciendo lo irreal por excesivas de las exigencias de la guerrilla. Aquí las Farc, después de haber logrado una inmensa ganancia política (estuvieron todos los días en las primeras planas de los medios, nacionales e internacionales; obtuvieron más influencia en las regiones donde son activas; ya ganaron ante la opinión “derecho” a tener un partido político y a tener puestos en los órganos legislativos, (“preferimos tenerlos echando discursos en el Congreso que en el monte dando bala” dijeron muchos políticos), pueden clamar ante el país y el mundo que desean la paz pero el Gobierno se rehúsa a ella y que su decálogo de propuestas mínimas (no entregar las armas, cambiar el sistema presidencial, convocar una asamblea constituyente, etc.) no son exageradas pues como ha dicho Serpa “no están fuera de lugar” y para Navarro Wolf “son razonables”. De otro lado, Santos queda abierto a la crítica de ser iluso y será comparado con Andrés Pastrana y el Caguán y de haber querido utilizar unas negociaciones de paz con fines electorales.

Ante este dilema le conviene más al presidente Santos retirarse de la mesa de negociación más temprano que tarde. El tiempo corre en su contra. Conforme se acerque noviembre, más difícil le será salirse de esta trampa que le puede ser mortal.

No debemos olvidar que en la delegación oficial hay dos exgenerales de la República que, hasta hoy, han permanecido prudentemente callados, pero que si se ven confrontados con presiones del Gobierno para aceptar exigencias que consideren lesivas, no dudarán en negar su firma a un tal documento.