RAFAEL DE BRIGARD, PBRO. | El Nuevo Siglo
Domingo, 19 de Octubre de 2014

ESCUCHA A TODOS

Iglesia en discusión

Con  ocasión del sínodo actual sobre la familia que se desarrolla en Roma, es curioso escuchar o leer los comentarios que se generan desde fuera del mismo. Unos porque dan por sentado que lo que ellos piensan es lo que la asamblea decidirá; otros porque crean unas expectativas un poco alucinadas sobre el alcance de este trabajo y los más porque se extrañan del alto nivel de discusión y polémica que se da entre los participantes en el citado trabajo eclesial y hasta hablan de división. Claro que en la Iglesia se discute y mucho. Por supuesto que hay voces encontradas y hasta enojadas. Innegable que en muchas asambleas de Iglesia, en las cuales participan hoy día consagrados y laicos, los ánimos se suben un poco y se discute con pasión. La razón de todo esto es muy sencilla: la enorme responsabilidad que la Iglesia tiene ante los seres humanos, pero sobre todo ante Dios.

El tema es tan antiguo como los Evangelios o las cartas de San Pablo. Hay que ver las peloteras de Jesús con los letrados y fariseos, o las de los apóstoles entre sí para saber qué del viejo judaísmo debía conservarse en la Iglesia y qué no, o las de San Pablo con los de su propia raza.

La discusión en la Iglesia hace las veces de ejercicio dialéctico que va abriendo el camino, no a las mayorías de pensamiento, sino a las mociones del Espíritu Santo. Y es en este carácter de origen espiritual donde la polémica intra-eclesial encuentra su sentido, su extensión y también su límite. Que lo debe haber en un momento determinado para no entrar en los campos de la división. Pero tiene mucho valor la tensión intelectual que genera la discusión porque obliga a esgrimir los mejores y más fundamentados argumentos de cara a responder a Dios y a los seres humanos, que son los dos horizontes de la misión de la Iglesia.

Hay quien prefiere la discusión como el estado natural de la vida. No así la Iglesia pues tiene que responder con claridad a los interrogantes de la humanidad sobre Dios y sobre sí misma. Entonces se llega a definiciones, decisiones, puntos de vista válidos para todos los creyentes y se dejan por fuera muchos que no se ven apropiados o acordes con la enseñanza de la Palabra de Dios, punto absolutamente necesario de referencia para toda palabra dicha desde la Iglesia. En resumen, la Iglesia tiene el deber de escuchar a todos y tiene, aún con mayor fuerza, la obligación de responder con claridad y definición a los bautizados. Como siempre: unos aplaudirán y otros silbarán. Ambas cosas mejores que el silencio.