Víctor Corcoba Herrero | El Nuevo Siglo
Viernes, 2 de Enero de 2015

“Conocernos más desde la profundidad del ser humano”  

ALGO MÁS QUE PALABRAS

Que en verdad reine la paz

Una  vez más, como siempre, la luz y los buenos deseos invade nuestros caminos. Parece como si todo se volviese más corazón. Ojalá fuese verdad. Nuevamente nos conmueve que tantos seres humanos sufran la tremenda soledad de la desesperación. Podíamos ser uno de nosotros. Cuántas veces regresamos a nuestro propio hábitat, y nuestra misma especie, nuestra misma familia, tampoco nos reconocen. Por desgracia, para las cosas más importantes no solemos tener tiempo. Nos piden auxilio y proseguimos sin apenas prestar atención. La indiferencia y la frialdad nos dominan. La metodología de nuestro pensar está planteada para que nadie piense sobre sí y mucho menos sobre los demás. Esta es la grave cuestión. La mentira con la que nos han cebado el alma. Andamos ocupados en mil historias que nos conducen a una tragicomedia permanente, donde nadie existe para el otro, donde nadie conoce a nadie, donde nadie se interesa por nadie, porque nos hemos llegado a creer que somos nuestros exclusivos dioses, independientes, sin necesidad de ayuda, autónomos y egoístas, de modo que ya no queda espacio alguno para la reflexión. Sólo nos afanan las cosas tangibles, el éxito y el triunfo de nuestros proyectos individuales. Realmente continua sin haber posada para esta otra humanidad que lucha por vivir, que transita de acá para allá con la cruz de la exclusión, mientras otros derrochan todos los bienes de la Tierra como si fueran de su pertenencia exclusiva.

Tenemos que abrirnos al intelecto, de manera que podamos divisar los alrededores. Nada es lo que parece. Convendría tenerlo más en cuenta. Quizás tengamos que conocernos más nosotros mismos desde la profundidad del ser humano, sólo así podremos explorar y entender ese otro mundo que sufre el abandono nuestro, la marginación.

No es tiempo de retroceder, lo sabemos, ha de ser tiempo de avances, de moverse en la moderación, de activar los buenos deseos de la paz pero sin esclavitud, de nadar en el equilibrio poniendo en el horizonte la autenticidad como bandera y el esplendor de esa verdad como símbolo. Sólo así, y únicamente así, podremos cosechar el verdadero bien de la alegría planetaria.            Es necesaria la alegría, aquella que mana de una buena conciencia, que se tiene cuando trabajamos en espíritu armónico con el cosmos, con el violín del espíritu, con el instrumento de humanidad que todos portamos en el alma. Con razón, este sublime gozo es la juventud eterna del espíritu, el más perfecto don de la naturaleza. Algo que inspiró al inolvidable filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore: “Dormía..., dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Me desperté y vi que la vida no era más que servir... y el servir era alegría”. Ciertamente, en ocasiones sobre la Tierra parece que no hay más que dolores, de ahí la importancia de dar vigor a un espíritu de bondad, de bien, o lo que es lo mismo, de comprensión hacia la diversidad y hacia uno mismo. Yo creo que debemos simpatizar siempre con la poética de la existencia, pensemos que un corazón gozoso hace tanto bien como la mejor complacencia.

Por consiguiente impulsemos que en verdad reine la paz en el corazón de cada uno, para entrar de lleno en la atmósfera de los encuentros, lo que significa un corazón de amor, capaz de amar y de percibir la humildad como señal de acercamiento. Necesitamos transformarnos, renovarnos, convertirnos en personas humanas, en seres liberados de tantas cadenas mundanas. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Desde luego, la prueba más clara de haber hallado el camino es una alegría imborrable, que está en el inconfundible origen de toda creación. A lo mejor el vínculo que nos une no es tanto de sangre, como sí de respeto y de alegría compartida.

corcoba@telefonica,net

*Escritor