Las cercanías entre Mozart y Verdi | El Nuevo Siglo
Sábado, 24 de Agosto de 2013

Por Emilio Sanmiguel

Especial para El Nuevo Siglo

 

Sí. Suena descabellado que existan lazos entre Mozart y Verdi. Porque a Mozart se lo relaciona con Haydn y a Verdi con Bellini y Donizetti. Mozart era austríaco y Verdi italiano. Cuando Verdi nació en 1813 Mozart ya había muerto hacía 22 años, murió pobrísimo y Verdi en la opulencia. Mozart era despilfarrador y Verdi meticulosamente ahorrador. El primero es uno de los paradigmas del clasicismo y el segundo del siglo romántico. Así las diferencias parecen inagotables.

 

Pero sí los une un lazo poderoso, más allá del interés que Verdi, en su madurez mostró por Mozart, a punto de, inspirado en Amadeus, escribir un cuarteto de cuerdas, el único que compuso. El lazo que los une tiene nombre propio: la casa de los Habsburgos que, desde tiempos inmemoriales reinaba en Austria en el imperio romano germánico y en la Italia del siglo XVIII y el XIX.

 

Cuando Mozart nació los Habsburgos detentaban un poder inimaginable en manos de la Emperatriz María Teresa y su consorte Francisco I.  En su calidad de niño prodigio Mozart fue llevado a Viena para presentarse ante ella, quien aparentemente fascinada con su talento le regaló un lujoso traje de etiqueta, con el cual aparece este en el célebre retrato realizado un poco más tarde por Lorenzoni.

 

Luego vinieron para Mozart los años de los viajes, recorrió primero la actual Alemania, Francia e Inglaterra durante más de tres años y luego, en un periplo similar, Italia, que era considerada la cuna de la música y una especie de asignatura obligada para cualquier músico interesado en ser tomado en serio. El viaje a Italia se facilitaba por una sencilla razón: los Habsburgos dominaban el norte de la península y, a la hora de la verdad, lo trataban como una colonia gobernada por un representante de la Emperatriz, que siempre resultaba ser uno de sus innumerables hijos.

 

Porque la Emperatriz tenía una prole enorme que le servía para fortalecer los lazos con todas las casas reinantes re Europa, una especie de reina Victoria del siglo XVIII: a su hija María Antonieta la hizo reina de Francia y ya sabemos cómo terminó la pobre.

 

Con lo que no contaba Mozart, ni su padre que era quien le organizaba las giras, era con la manera de pensar de la soberana, para quien los músicos que andaban de ciudad en ciudad eran poco menos que unos harapientos.

 

Mozart pasó la mayor parte de su vida intentando conseguir un trabajo acorde con su talento; en 1771 visitó Italia y todo parecía favorable para convertirse en músico de la corte de milanesa, el archiduque Fernando, hijo de María Teresa decidió hacerle el nombramiento, pero consultó primero con su augusta madre, que en una carta le manifestó: «no creo que tengáis necesidad de un compositor o de personas inútiles. Pero si esto os complace, no quiero impedíroslo. Os aconsejo que no carguéis con gentes inútiles, ya que no necesitáis esta clase de personas a vuestro servicio. Envilecen el servicio estas personas que recorren el mundo como unos indigentes, tienen además numerosa familia». En pocas palabras ordenó: ¡de ninguna manera!

 

Años después, cuando Mozart vivía en Viena, las puertas siguieron cerrándose en sus narices de idéntica forma y ninguno de los sucesores de María Teresa, ni José II ni Leopoldo II parecieron advertir que ese «inútil indigente» era uno de los genios más grandes de la historia y Mozart murió casi en la indigencia.

 

Verdi nació en una Italia que seguía ocupada por los austríacos. Él era parmesano y Parma estaba gobernada por María Luisa de Austria, segunda esposa de Napoleón y nieta de Francisco II, sucesor de Leopoldo II; Lombardía y el Véneto eran dominios austriacos, de tal manera que todo el norte Italiano era territorio de los Habsburgos.

 

Los italianos los detestaban por razones que no necesitan explicación. Por una especie de paradoja, Verdi fue el encargado de generar uno de los más intensos sentimientos de unificación con su música. La Italia de la época estaba dividida y ocupada casi en su totalidad y todo el mundo hablaba en dialectos diferentes. Sólo la música, y más exactamente la ópera, fue capaz de unir los sentimientos de los italianos, y esa música tuvo nombre: Giuseppe Verdi.

 

En 1842 Verdi era un desconocido. Había estrenado en la Scala una ópera, Oberto, con cierto éxito; después fracasó con Un giorno di regno.

 

Sin embargo el administrador de la Scala, un fulano de apellido Merelli, creía en él, mucho más de lo que los Habsburgos habían confiado en Mozart, le dio una tercera oportunidad, y Verdi escribió Nabucco, que se estrenó el 9 de marzo de ese año, la ópera contenía un coro, Va pensiero, que cantaban los hebreos a las orillas del Éufrates añorando su patria. Las ansias de quitarse de encima el yugo de los Habsburgos estaba desde hacía años palpitando en el corazón de los lombardos y el mensaje del coro fue captado por el aire, el teatro enloqueció y de la noche a la mañana Verdi se convirtió en una celebridad.

 

Lo que ocurrió en adelante ya es historia. Verdi comprendió que el público deseaba cantos patrióticos, todas sus óperas los contenían, se convirtió en uno de los grandes símbolos de la liberación primero y luego de la reunificación italiana. La gente lo escribía en las paredes, como los grafitis de hoy: “Viva Verdi”, y todos lo entendían: “Viva Vittorio Emanuel Rey de Italia”.

 

Si en música existen las venganzas, Verdi fue el encargado de vengar a Mozart. ¡Quién lo pensara!