Farc, del cisma político al pulso electoral

Foto Farc

Electoral. Ese, en el fondo, es el principal móvil de la asamblea nacional extraordinaria que este viernes arrancó el partido Farc. Claro, hay otros temas en la carpeta, pero la realidad es que el cónclave, que se realiza en medio de una nueva división de la bancada, tiene la mira puesta en definir la estrategia para los comicios parlamentarios y presidenciales de 2022.



Por lo mismo, como pasa en todo partido político cuando llega la hora de definir asuntos relacionados con candidaturas, coaliciones, nortes programáticos y táctica proselitista, este tipo de asambleas (así como en las convenciones y congresos de las colectividades) más que escenarios de consensos, lo son de competencia y pulso por los liderazgos y la preponderancia para la toma de las decisiones clave.

Las pruebas de que este es el verdadero trasfondo de la asamblea de los “comunes” están a la orden del día.

En primer lugar, el partido Farc dista mucho de aquel exmovimiento guerrillero que en 2017 se lanzó con bombos y platillos, dando a entender que la incursión en política de la anterior facción insurgente evidenciaba el avance en la implementación del accidentado acuerdo de paz suscrito en 2016, pese incluso a ser denegado en las urnas en el plebiscito de octubre de ese año.

Por entonces era ‘Iván Márquez’ el máximo dirigente de los desmovilizados, no solo por haber sido el jefe negociador en La Habana sino porque era el de mayor peso específico de los mandos históricos.

De hecho, bajo su liderazgo se delineó la estrategia electoral para 2018, que resultó en un revés de amplias magnitudes. De un lado, ‘Timochenko’ tuvo que abortar las intenciones de una candidatura presidencial ante la evidencia de su inexistencia en las encuestas. Peor aún fue su debut proselitista en las parlamentarias, en donde apenas sumaron 85 mil votos. De estos fueron 52.532 (0,34% del total de 17,8 millones) en Senado y un poco más de 30 mil en las circunscripciones de la Cámara.



Aunque por el acuerdo de paz tenían seguras diez curules en el Parlamento, el fracaso en las urnas no hizo más que aflorar las divisiones que venían de tiempo en el partido. Es más, como se recordará, tanto ‘Márquez’ como ‘Jesús Santrich’ no asumieron sus curules en el Senado y la Cámara. El primero por estar ya preso por un caso de narcotráfico y el segundo porque se evadió, precisamente, para no correr la misma suerte y quedar ad-portas de la extradición.

Así las cosas, además del revés político y electoral en 2018, los “comunes” empezaron cojeando ese primer año de ejercicio político, aunque con la esperanza de que en los comicios regionales y locales de 2019 el resultado sería distinto.

Sin embargo, la fuga de ‘Santrich’ y luego -en agosto de 2019- el anuncio de ‘Márquez’ de que regresaba a las armas, junto al primero y otros cabecillas como ‘Romaña’ o ‘El Paisa’, tuvo dos efectos que complicaron aún más el proceso de fortalecimiento político del partido, ya bajo las riendas directas de ‘Timochenko’.

De un lado, la opinión pública colombiana entendió que la desmovilización de las Farc era mucho menor a la presentada en 2016. De un lado, porque ‘Márquez’ y el ala militar más fuerte regresaban a la clandestinidad y, de otro, porque empezaron a ser recurrentes nombres como los de ‘Gentil Duarte’, máximo cabecilla de las facciones subversivas que se apartaron del acuerdo de paz antes de su suscripción en 2016. Es decir, que no solo había disidencias de las Farc, cuya dimensión se desconocía, sino reincidencias, en cabeza nada menos que del exjefe negociador, ahora protegido por la dictadura venezolana.

Esta circunstancia resultó demoledora para la ya de por sí imagen crítica del partido, con bajísimo apoyo en las encuestas ¿El resultado? Fracaso casi absoluto de los 18 candidatos directos o por coalición para asambleas, 16 a alcaldías, 249 aspirantes a concejos y 25 a las Juntas Administradoras Locales (JAL). Al final apenas si ganaron dos escaños de ediles en Bogotá y un alcalde por coalición en Guapi (Cauca). Incluso, bien Julián Conrado fue elegido mandatario municipal en Turbaco (Atlántico), no se postuló a nombre del partido de los desmovilizados.



¿Tercera es la vencida?

Visto todo lo anterior, es claro que faltando 14 meses para los comicios parlamentarios de marzo de 2022 y 16 para la primera vuelta presidencial, el partido Farc quiere empezar ya a delinear su estrategia para que ese tercer intento proselitista tenga un resultado distinto al ruinoso de 2018 y 2019.

Según ‘Timochenko’, son cuatro objetivos clave de la asamblea: definir si se cambia el nombre del partido, ajustar la plataforma política, fortalecer los mecanismos para que se cumpla el acuerdo de paz y haya una “convergencia” de fuerzas a su alrededor, así como determinar el cambio de representante legal del partido.

Sin embargo, el senador Julián Gallo (‘Carlos Antonio Losada’) es más directo: "… Se trata de hacer un balance de lo que fue nuestra participación en los comicios de 2018 y 2019 y sobre esa base proyectar cómo debe ser nuestra participación electoral de 2022”, explicó el congresista en su cuenta twitter. Agregó que la idea es integrar un movimiento amplio de convergencia "por la paz, la vida y la democracia" que lleve a “iniciar conversaciones con todos los partidos y organizaciones políticas interesadas en que en 2022 elijamos un gobierno y un congreso de mayorías que asuman la tarea de llegar a una paz completa”.

No es un tema fácil, obviamente. El partido está cada día más dividido. No solo es el problema de las disidencias y reincidencias (que según las FF.MM. ya tendrían más de 4.000 integrantes armados), sino porque las ‘rebeliones internas’ en la colectividad no han cesado.

Por ejemplo, en junio del año pasado el partido expulsó a tres desmovilizados de peso: Jesús Emilio Carvajalino (alias ‘Andrés París’), José Benito Cabrera Cuevas (‘Fabián Ramírez’) y Benedicto de Jesús González (‘Pablo Atrato’) ¿La razón? Un agudo enfrentamiento político con ‘Timochenko’, Losada y la línea imperante en el partido.



A ello se suma, que otras facciones de la colectividad, sobre todo a nivel regional, han advertido que la dirección del partido ha perdido el norte político y no ha sabido reaccionar de manera efectiva para forzar a que el gobierno Duque y la Fuerza Pública sean más eficientes para frenar el asesinato de desmovilizados (más de 70 solo el año pasado) así como para cumplir con la implementación del acuerdo de paz. Igualmente se le critica por desamparar a las bases del partido que sufren penurias y abandono en muchos municipios y antiguas zonas de concentración.

También se advierte desde varios sectores que ‘Timochenko’ no ha permitido la progresión de algunos liderazgos regionales y que la cúpula partidista creó un cerco impenetrable.

Es más, esta semana las fisuras quedaron de nuevo sobre la mesa. El guajiro Milton de Jesús Toncel (alias ‘Joaquín Gómez’) -uno de los líderes desmovilizados con más peso- así como los senadores Victoria Sandino e Israel Zúñiga (alias ‘Benkos Biohó’) no solo se apartaron de la asamblea, sino que la consideraron ilegal, antidemocrática, “a espaldas del país” y la “antigua guerrillerada”, e incluso dirigida a convertir al partido en un “cascarón privatizado”.

Aún así ‘Timochenko’ y compañía siguieron adelante, y defendieron no solo la legitimidad de la asamblea sino la necesidad de unir las distintas corrientes y definir la hoja de ruta política y electoral para 2022 desde ya.

De entrada, según conoció EL NUEVO SIGLO, hay temas muy espinosos, como definir quiénes serán las cartas más fuertes para integrar las listas a Senado y Cámara el próximo año. Son diez curules seguras (sin importar la votación, como ocurrió en 2018) y hay un pulso fuerte al respecto. Algunos mandos regionales creen que los actuales nueve parlamentarios (hay ‘silla vacía’ en escaño de ‘Márquez’) deben dar un paso al costado y permitir la renovación de la bancada, cuya gestión critican.



También se considera que no hay que insistir en candidaturas presidenciales propias sino buscar cupo en la coalición de izquierda, pues se tendría mayor juego y posibilidad de hacer política, en lugar de jugarse solos.

Como se ve, el móvil de esta audiencia, más allá del nombre del partido y el debate sobre la seguridad de los desmovilizados, es típicamente electoral. Y, como en toda colectividad, cada uno tiene sus propios intereses.