Grandes consorcios tecnológicos: entre innovación y controles

Foto AFP.

No se trataba, en absoluto de algo usual. Quizá la situación no se hubiese podido predecir tan sólo hace unos cinco meses.  Pero la realidad era esa: allí en audiencia ante el Congreso estadounidense se encontraban las cuatro más grandes empresas de tecnología mundial, las que han tenido indudablemente una gran influencia, amplificada ahora con la caja de resonancia de la actual pandemia. Las corporaciones involucradas: Amazon, del hombre con mayor riqueza reconocida, Jeff Bezos; Apple, con Tim Cook; Google, con Sundar Pichai; y Facebook, con Mark Zuckerberg. 

No es tampoco la primera vez que esto ocurre.  Ya con anterioridad se les había cuestionado respecto a temas de privacidad, de seguridad de los Estados y de venta de información de usuarios. Esas preocupaciones persisten en las audiencias.

Nótese al respecto como en entresijos y forcejeos, entre tejemanejes más propios de abogados que exacerban las interpretaciones y los contextos legales, Facebook, por ejemplo, habría sido capaz de escamotear los señalamientos de haber interferido con grandes bases de datos, en los resultados de la elección de noviembre de 2016.  En la que, como se recordará, gana Hillary Clinton por más de 2.8 millones de votos en total, pero pierde producto de la anacrónica institución del Colegio Electoral estadounidense.  Bingo: no todos los votos valen lo mismo en los comicios de ese país.

El asunto más específico para resaltar -entre otras consideraciones que por espacio no pueden ser analizadas aquí- son los mecanismos y procesos de marketing.  A partir de grandes bases de datos -de lo que se llama el “big data”- es posible identificar las preferencias de los individuos. 

Ello se logra especialmente, al constatar sus patrones de navegación en los sitios de internet.  Con base en ello, es posible reforzar patrones o bien dar a conocer opiniones y hechos “matizados” que puedan influir o alterar las decisiones. 

Las inclinaciones políticas en las “redes sociales” pueden reforzarse o bien expandirse en el público que, no estando polarizado, forma parte del apetecible centro, tan deseado por los políticos más tradicionales.  Tan deseado por esos pragmáticos, cuyas altas cotas de ambición contrastan con carencia de escrúpulos.

Véase al respecto, como ilustración, el camino a la debacle, por si alguien aún no se sorprende: un rapero, con una fortuna de unos 1,300 millones de dólares -así dicen- Kayne West, se lanza a la presidencia. Si Trump ganó en 2016, es que nada está escrito.  Siempre habrá posibilidades.

En todo caso, lo que está en el centro de los cuestionamientos es el inmenso poder y la influencia mundial que pueden ejercer esas grandes corporaciones tecnológicas.  Es el tema de la condición monopólica.  El Congreso estadounidense está interesado en la regulación de ese dominio.  De allí que se puedan modificar las condiciones de organización y operación de cuatro monstruos empresariales que hasta ayer aparecían como intocables.

Esa condición monopólica a la que se hacía referencia, justo es decirlo, no siempre es dañina a la sociedad, como se trata de creer en las caricaturas que muchas veces nos hacemos del conocimiento económico.  Para nada.  Existen condiciones en las cuales se requieren de grandes cantidades de inversión que, en la práctica, ninguna empresa privada podría llegar a realizar.  Además, se pueden requerir gran cantidad de años, para llegar a los puntos de equilibrio de los proyectos.

Piénsese por ejemplo en el proyecto faraónico como el de la Presa de las Tres Gargantas en China.  Un requerimiento de inversión de unos 58,000 millones de dólares y se tendría que esperar unos 83 años para llegar al punto de equilibrio, a fin de igualar el total de costos con los ingresos.  Ese tipo de proyectos son los denominados monopolios naturales.  Sin ellos no es posible que el funcionamiento de la sociedad sea aceptable.

Es comprensible por otra parte, que haya monopolios lesivos tanto para la colocación más efectiva de recursos como para la capacidad adquisitiva de los consumidores.  Son los monopolios orgánicos y muy en especial los funcionales. 

Estos últimos son los carteles, tan presentes -aunque no únicamente- en los países en desarrollo.  Son pocos los proveedores o productores y en lugar de competir, concretan entre ellos y las autoridades tanto cuotas de producción, como aranceles contra los más eficientes, y por supuesto precios en los mercados internos. Todo un negociazo. ¿Quiénes son los “paganini”?: los consumidores, por supuesto.

En el caso de las grandes corporaciones tecnológicas están en juego, los asuntos de seguridad, lo que requiere de regulación.  Ante ello, en medio de las justificaciones, se tiene la influencia incluso política que pueden ejercer, tal y como ha sido mencionado.

Existe entre tanto, otro factor que es indispensable considerar, en el contexto en el que se desarrollan estas audiencias: es la ventaja que estaría tomando China, en esta vertiginosa carrera por el desarrollo de las tecnologías 5G. Aquí influye, además, el ambiente electoral, con los republicanos, sus seguidores y el mismísimo Trump cada vez más acorralados en los sondeos de opinión. 

A todo esto, también es de puntualizar: no menos de 62% de los encuestados, reconocen el beneficio que han generado.

Es de considerar que todas esas empresas representan en mayor o menor grado, grandes innovaciones, mejoras estructurales en modelos de negocios. Para ello se ha requerido de economías de escala. Y eso implica, como se ha mencionado, poder monopólico. 

Lo crucial a determinar es, hasta qué punto, el control y la regulación, no lleguen a comprometer los aspectos funcionales. Capacidad operativa que, por otro lado, ha conllevado evidente bienestar para las condiciones de interacción social.  Algo más evidente ahora, en estos tiempos de pandemia global.