El mensaje de Duque

  • Más allá de la incierta tesis de los 100 días
  • Acelerar el ritmo para cumplir expectativas

Fue en el gobierno del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, en la década de los 30 del siglo pasado, tras la crisis bursátil que hundió a ese país, que se instituyó la tesis de los primeros 100 días de gobierno como un plazo clave para saber no solo cuál sería el nuevo estilo de mando de la administración entrante sino la hoja de ruta y las prioridades de la misma. Luego el concepto fue evolucionando hacia considerar ese plazo como una especie de ‘período de gracia’ para que el Ejecutivo que se estrena tenga un tiempo prudencial para sentar las bases de las reformas y cambios que requiera o haya prometido en la campaña, sin que sus rivales puedan lanzarse a hacerle una dura oposición.

Otra variante de esa tesis va en la dirección de que el saliente gobierno debe respetar esos 100 días sin entrar a replicar o criticar lo dicho y hecho por su sucesor. Ya en épocas más recientes esta costumbre política ha ido perdiendo vapor en gran parte porque las naciones han tomado más cuerpo estructural y normativo, la independencia de poderes es más definida y se ha optado por lo que suele llamarse “políticas de Estado”. De esta forma, cuando asume un nuevo gobierno su margen de acción para aplicar modificaciones de fondo es más limitado o, al menos, no se pueden instrumentar de inmediato sino tramitarse vía legislativa o extraordinaria. Así las cosas, muchas veces el mandato que comienza debe limitarse a ordenar medidas típicamente gubernativas o ejecutivas, que son las únicas de su resorte exclusivo.

Pese a esto último, en Colombia hizo carrera esa premisa política de los primeros 100 días desde hace varias décadas y el arranque de la presidencia de Iván Duque no ha sido la excepción. Todo lo contrario, tras dos gobiernos que tuvieron reelección a bordo, en cuyos segundos mandatos ese plazo resultaba difuso por obvias razones, ahora ha vuelto a ponerse en la primera plana. Como se sabe, el inicio de esta administración ha estado marcado por distintas circunstancias que van desde un nuevo modelo político en cuanto a la conformación ministerial y la construcción de la coalición parlamentaria, pasando por un largo paro estudiantil, y terminando en una agenda legislativa que se ha complicado, sobre todo por el accidentado trámite de las reformas, en especial la tributaria. Todo ello ha redundado en que algunos sectores políticos, partidistas, económicos, sociales e institucionales midan la marcha del Ejecutivo por la forma en que le va en las encuestas y allí, al menos en la mayoría de los sondeos, la favorabilidad de Duque ha perdido entre 20 y 30 puntos en sus primeros meses en la Casa de Nariño.

En entrevista dominical con este Diario, luego de ser escogido como el “Protagonista político de 2018”, el Jefe de Estado fue enfático en advertir, primero, que no gobernaba por o para las encuestas, ya que hacerlo le impediría tomar las medidas y ordenar las acciones que requiere el país para superar distintas crisis. En segundo lugar, Duque recalcó que en el escaso tiempo que lleva en el poder ya se han dado una serie de resultados en muchos sectores, insistiendo en que la objetividad de estos era más importante que la percepción subjetiva que reflejan los sondeos de opinión. Y, en tercer término, el Primer Mandatario fue claro en enviarle un mensaje al país: “La Presidencia no se puede juzgar por 100 días, una Presidencia dura cuatro años. Lo que más me interesa es que cuando termine mi período pueda mirar a todos los colombianos a los ojos y con el programa de gobierno en la mano, decirles: les cumplí”.

Razón le asiste al Presidente de la República. Es apresurado descalificar o sobredimensionar a un gobierno por lo que hizo o no en sus primeros 100 días. Apenas se está construyendo el Plan Nacional de Desarrollo y el propio Jefe de Estado ha dicho que será a través de este que concretará el llamado “Pacto por Colombia” que está planteando. Lo importante es que acelere en este frente, porque si bien las encuestas no deben marcar el ritmo y las ejecutorias del Ejecutivo, sí mandan unas señales que no se deben desconocer. Señales que deben entenderse no como una descalificación tempranera de la nueva administración, sino como un campanazo para que se sienten de forma más rápida las bases programáticas y las medidas para atacar las principales problemáticas. Claro que hay resultados y quizás se ha fallado en comunicarlos adecuadamente. Y también hay errores, de allí la importancia de la autocrítica gubernamental. Pero lo clave es apretar el ritmo y cumplir más eficazmente las muchas expectativas nacionales.