EN SALAS DESDE ESTE JUEVES
“La temática de un padre que enfrenta el conflicto es universal”

Foto cortesía

La travesía de un padre por recuperar a sus hijos asesinados, buscando salvar sus almas, en medio del dolor y la impotencia de no haberlos protegido, es la historia de Tantas Almas, la cinta dirigida por Nicolás Rincón Gille que representará a Colombia en los próximos Premios Goya.

En la pantalla, este padre y pescador se llama José y sus hijos Dionisio y Rafael, pero podrían llevar los nombres de los centenares de desaparecidos en Colombia en el año 2002, quizá el periodo en el que con más fuerza las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, lograron arrodillar a un país a punta de miedo, incluso un miedo más profundo que a la muerte misma.

A diferencia de los largometrajes documentales previos de Rincón, esta vez la protagonista de la historia no es la figura femenina, sino un hombre, la odisea de un héroe cotidiano, sin ninguna otra convicción ni ideología, simplemente el amor a sus hijos, en sinergia con lo que desea el director de su película: “lo que espero de Tantas Almas es poder debatir no desde la ideología sino de lo que significa sobrevivir a este conflicto”. 

A propósito de la llegada de esta cinta a las salas de cine colombianas, este jueves, el cineasta habla sobre su apuesta por esta ficción, los protagonistas de esta historia y el rodaje de la película.

Duelo, sincretismo religioso, catarsis, resiliencia, amor incondicional ¿cómo definir en pocas palabras a ‘Tantas almas’? 

NICOLÁS RINCÓN GILLE: Es la lucha de un padre por no volverse loco, por no suicidarse, por reconstruir su vida después de que pierde lo más preciado que son sus hijos. Es un viaje en el río, en el que quiere encontrar los cuerpos de sus hijos, pero también es un río que hace desaparecer todo. Tantas almas se pregunta cómo diablos hace una sociedad como la nuestra para seguir guardando lo mejor que tenemos, la esperanza. 

¿Por qué ficción? 

NRG: Porque la película habla del duelo y el duelo en un documental es éticamente difícil, ¿cómo vas a filmar a alguien que está atravesando un momento tan duro? en cambio la ficción te permite estructurar eso de otra manera, además puedes hacer viajes emotivos, sensoriales, afectivos que el documental no te permite. Aquí estamos en una experiencia en medio del conflicto.


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¿Qué hace que esta película con una violencia tan nuestra sea universal?

NRG: Empecé a entenderlo así durante la premier internacional de la película en Corea, un país que no conocía hasta ese momento, pero cuando vi la reacción del público fue increíble: la temática de un padre que enfrenta el conflicto, que vence el dolor para encontrar a sus hijos, es universal. En los distintos países donde se ha proyectado, Corea, Francia, Marruecos, Italia vinculan la película con los momentos trágicos que cada uno ha tenido. 

¿Qué tan difícil fue dar con él actor protagónico? 

NRG: Lo primero que hay que decir es que Arley es un pescador de verdad, sin esa condición hubiera sido imposible hacer la película. Nunca tuve un prototipo físico, solo que fuera hombre y tuviera cierta edad, en realidad lo que buscaba era que tuviera ‘presencia’, que es la manera como una persona está frente a la cámara. Cuando vi a Arley sentí algo que no es físico, sino más bien espiritual, así que le pedí que caminara, que se detuviera a esperar a alguien… poco a poco fuimos creando como un universo. 

¿Arley tiene una historia como víctima? 

NRG: Todas las personas que están en la película han sido tocadas de alguna manera por lo que la película cuenta. Yo no quería en el caso del personaje central encontrar a alguien que hubiese sufrido eso porque sería inhumano, sin embargo, Arley tenía una experiencia próxima porque en su pueblo los paramilitares llegaron y mataron a gente muy cercana. Su familia también sufrió mucho la violencia por parte del Eln, que estaba muy presente en esa zona, o sea que es alguien que ha estado dentro del conflicto y sabe exactamente qué significa.

Es de suponer que en esas mismas condiciones están muchas de las otras personas que participan… 

NRG: Tenemos una escena en un puente, donde se podría decir que casi todos eran extras. Eran cerca de 40 personas que esperaban que yo les diera muchas indicaciones de qué hacer cuando los paramilitares se llevaban a muchos en camiones para desaparecerlos. Les dije “¿cómo era cuando esto sucedía? pues así vamos a hacerlo”. Con las experiencias de cada una de las personas se construyó esa y muchas otras escenas de la película. 

¿Por qué optó por dos actores profesionales en la interpretación de paramilitares? 

NRG: Son dos grandes actores para dos personajes muy complicados. Me interesaba mostrar cómo alguien que está en esa estructura armada utiliza el poder para amedrentar y cómo esa especie de testosterona masculina horrible está presente en la guerra. Algo que plantea la película es que quien tiene todo el poder de aplastar a cualquiera como una mosca, lo que en realidad está experimentando es una especie de placer, porque ya perdió toda humanidad posible, todo lazo de empatía. Al otro lado está la víctima que no tiene como sobrevivir frente a este demonio pero confronta el horror desde su cotidiano. Es un enfrentamiento entre el demonio y el héroe. 

¿No había cierto riesgo en rodar en una zona que vivió tan de cerca el conflicto? 

NRG: Para mí era clave porque una de las cosas que quería era rodar la película en una zona que hubiese sufrido esa violencia y con personas que fuesen cercanas, pero obviamente eso no es fácil porque no en cualquier parte hubiésemos podido llegar y proponerle a la gente “hablemos de lo que sucedió”, por represalias políticas, por miedo, por todo lo que puede suceder.

Poco a poco nos fuimos desplazando y logramos encontrar esa zona de Simití, en el Sur de Bolívar, que en realidad es un paraíso, que sufrió mucha violencia. Al ser un pueblo pesquero que no tiene mucha importancia económica le permite estar aislado, hay mucha pobreza pero al mismo tiempo no hay intereses económicos. 

¿Cómo ha logrado mantener una relación tan fuerte con el país, viviendo tan lejos? 

NRG: Porque me di cuenta que lo que permite que el conflicto siga es tener miedo, y lo tenemos todos. La peor arma que tiene la violencia es el miedo y es lo que está logrando que el conflicto se perpetúe desde hace 60 años. El no querer saber qué pasó para no sentirse mal, nos aísla, pero cuando uno puede hablar con una persona que estuvo en ese momento establece lazos humanos profundos y se puede sentir vinculado a una sociedad que tiene que dar un paso adelante.