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Mes y medio después, cuando las fiestas de fin de año han quedado muy atrás pero el año aún está comenzando en muchos frentes, bien vale recordar los momentos difíciles que se vivieron y fortalecernos frente a aquellos que puedan sobrevenir.
Porque aun cuando hayamos constatado el padecimiento de salud en carne propia, o en la de algunos seres queridos, también habremos visto y veremos milagros de sanación, es decir, la voluntad de Dios Padre ampliando los plazos, abriendo las ventanas de una segunda vida.
Segunda vida que se funda en todo lo vivido hasta ahora pero, sobre todo, en lo que ha de venir, esto es, en ayudar a completar la obra de Dios con mayor vehemencia, con total explicitud y sin ambages.
Por tal razón es preciso detenerse un poco y preguntarse con humildad y regocijo al mismo tiempo, “¿para qué me das fuerzas?”, Señor, Salvador nuestro.
Que es, precisamente, el título que le hemos dado a la siguiente plegaria, preparada como acción de gracias, como compromiso y como declaración inquebrantable de que estamos a su lado para seguir librando las mil y una batallas que Él quiera encomendarnos.
“¿Para qué me das fuerzas?
Señor: Que cuando alguien se sienta absolutamente feliz, me dejes un espacio para decirle que puede ser aún más dichoso.
Que cuando alguien se sienta inmensamente rico, me prodigues un momento para decirle que puede ser más próspero.
Que cuando alguien se sienta maravillosamente saludable, me concedas un ratico para decirle que puede ser más vigoroso.
Que cuando alguien se sienta extraordinariamente poderoso, me regales un minuto para decirle que puede ser más prominente.
Que cuando alguien se sienta incomparablemente hermoso, o infinitamente enamorado, me permitas un segundo para decirle que puede estar aún más radiante.
Porque en aquel momento en que la felicidad se rompa, o la riqueza se esfume, o la salud se resquebraje, o la gloria se olvide, o el amor se haga lejano y la belleza se haya ido, solo estarás tú, Señor, omnipotente, salvador, dicha y consuelo sin fin.
Tú, sanador de todas las culpas, dolores y tormentos; fuente de imperecedera vitalidad y alegría; compañía incondicional frente a cada desacierto, y escudo protector contra todo mal y peligro.
Y estarás allí para que no sintamos miedo, para saber que solo Tú eres suficiente, y para sentir la alegría de la salvación mientras tu espíritu generoso nos mantiene firmes.
Firmes para completar tu obra, agradecerte y adorarte”.