El Noticiero Nacional que se quedó en la memoria de los colombianos

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Trabajar en el Nacional fue toda una grandeza. Era un grupo de reporteros que reaccionaba en equipo. Cuando caía la noche empezaba la acción, relató.

 

LLEGÁBAMOS a la redacción con audífonos y enchufados como los muchachos de hoy en día. Claro, pero no con un celular, ni con un iPhone. Era un radio pequeño donde sintonizábamos las noticias de la mañana. Las emisoras radiales eran nuestras principales aliadas. Y así, un equipo conformado por periodistas como Oscar Galvis, Vicente Silva, Carmelo Castilla, Luis Alejandro Medina, Carmenza Jiménez, Diana Sofía Giraldo, Adriana Ayala, Hernán Estupiñán, Lucho Parra, Chucho Martínez, Margaret Ojalvo, Alejandra Balcázar, Diana Sigüenza, Any Velasco y Oscar Ritoré, (por lo menos en la época que yo viví), hacía consejo de redacción.

Con los directores Javier Ayala y Gabriel Ortiz y el jefe de redacción, Daniel Coronell, planteábamos los temas y, sobre todo, lo que nos contaba la gente que llamaba al teléfono rojo del noticiero para hacer sus denuncias. Otro invento más. Era una redacción que yo consideré siempre como una ‘piña’. No importaba quién tuviera la noticia, el hecho era tenerla. Y con corresponsales en Barranquilla como Esmeralda Ariza; en Cartagena, Mabel Vargas; en Cali, Pilar Hung; en Medellín, Félix de Bedout; en Bucaramanga, Marcela Durán, el Noticiero Nacional cumplía su misión: ser un noticiero de toda Colombia.

Lo de los nombres raros de los periodistas, jamás fue buscado. Fue fruto de una casualidad que se volvió genial, ya que la gente identificaba perfectamente al responsable de los informes. Fuimos además motivo de burla en Sábados Felices (programa al cual le agradezco) que hacía la pantomima del Noticiero Nacional todos los sábados y me imitaban con el seudónimo de “Estése quieta su Mercé”  junto con otro periodista: “Caramelo de Vainilla”.

Un día a Gabriel Ortiz, uno de los directores, se le ocurrió la idea del viajero. Logró que un Renault 9 cubierto de calcomanías con los símbolos del noticiero, llegara a los sitios más inhóspitos de nuestro país para hacer crónicas positivas en los territorios más violentos. La intención radicaba en poder evidenciar que en nuestra nación, a pesar de las adversidades, la gente siempre ha salido adelante.

Era una época brillante. En el set estaban Max Henríquez “El hombre de los meteoros”, como lo bautizó José, el propio José Fernández Gómez y Adolfo Pérez. Expresiones como la cosa política, el costal de noticias deportivas, venían de la genialidad de José Fernández, que abría siempre el Noticiero diciendo: -“Buenas, Buenas. Los periodistas del Noticiero Nacional y su vocero José Fernández Gómez les contamos lo que está sucediendo”-.

Un tiempo convulsionado donde como reporteros llegábamos a los aeropuertos con el material en casetes de tres cuartos para enviarlos recomendados con pasajeros o con el propio piloto. Época de las microondas donde se llegaba a las oficinas de Telecom y desde allí se enviaba el material noticioso. No teníamos celulares. A duras penas llegamos al bíper o radio teléfono.

El símbolo más querido era “el Viajero” del Noticiero Nacional, que cubrió hasta vueltas a España, cuando los escarabajos con la camiseta del Café de Colombia conquistaban el mundo con sus triunfos y enorgullecían a un país ávido, en esa época, de noticias positivas.

Recuerdo con nostalgia esos recorridos por las inundaciones en Córdoba, en Antioquia, siendo testigo de la desgracia de los damnificados, escenas que hoy en día también se repiten.

O cuando íbamos a los barrios y escuchábamos a la comunidad. Recuerdo que en Barranquilla pusimos una línea telefónica a disposición para que la gente se comunicara y nos contara sus historias, denuncias, etc.  Carmelo Castilla contestó y en el otro lado le dijeron: -“¡En un barrio de Barranquilla hay un perro que habla!”-. Por supuesto jocosamente Carmelo se lo contó a Gabriel Ortiz y el director le contestó: -“Tiene que ir, qué tal que le hable a otro noticiero”-. Lo afirmó tan serio, que aún seguimos pensando si estaba hablando de verdad o nos estaba tomando del pelo, pues él se caracterizaba por su buen sentido del humor.

Uno de los momentos más impactantes y fuertes, fue el día del asesinato de Luis Carlos Galán. La mayoría de la redacción, incluido José Fernández Gómez, se había trasladado a Barranquilla para cubrir el partido de la Selección Colombia. Carmelo Castilla y Daniel Coronell se quedaron en Bogotá con Javier Ayala. Nos enteramos de la infausta noticia en Barranquilla. A las 9:30 de la noche recuerdo que Javier Ayala estaba sentado en el set dando la primicia mundial. Chucho Calderón, que había trabajado en el noticiero, estaba en la campaña de Galán y le entregó a Carmelo Castilla el video. Fue desgarrador.

 

Luego de esta faena sacaba la pipa y recorría la redacción con una sonrisa de satisfacción: -“tenemos un buen informativo hoy”

 

Trabajar en el Nacional fue toda una grandeza. Era un grupo de reporteros que reaccionaba en equipo. Cuando caía la noche empezaba la acción. Había expectativa en la reunión de los tres para saber la continuidad del noticiero ¿Qué noticia abre? Y luego de develar la continuidad, Javier Ayala empezaba a escribir el libreto. Jamás me olvidaré del retumbar de las teclas de la máquina de escribir y de ese tic de romper papel y llevárselo a la boca, en la medida que iba escribiendo contra el tiempo las entradas de José. Luego de esta faena sacaba la pipa y recorría la redacción con una sonrisa de satisfacción: -“tenemos un buen informativo hoy”-. No les quiero contar qué ocurría cuando esto no pasaba o cuando nos ‘chiviaban’, es decir, que la competencia tenía algo exclusivo y nosotros no. Creo que sería mejor que se lo preguntaran a él.

Gabriel Ortiz se remangaba la camisa y todos los periodistas en el cuarto de edición con Humberto Huertas, nuestro editor, rogando para que no le quitaran minutos a cada una de las notas periodísticas. Y con habilidad Gabriel empezaba a recortar, porque los minutos en  televisión eran valiosos y la idea era que aparecieran todas las noticias. Manejaba la máquina editora y se dedicaba a ‘capar’ minutos como él decía. Hoy me divierte recordar esos momentos donde todos le gritábamos: -“¡¡¡Noooo!!!”-.

Fue una época gloriosa, por lo menos para mí. A todos ellos y a, los que por olvidadiza no mencioné en esta crónica, mis respetos por este gran grupo que siempre consideraré mis colegas del alma.