ALEJANDRA FIERRO VALBUENA, PhD | El Nuevo Siglo
Sábado, 16 de Agosto de 2014

Paraísos perdidos

 

“Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos”. Esta frase, que Marcel Proust nos deja en la primera parte de su majestuosa obra En busca del tiempo perdido,  resuena casi como una profecía sobre nuestras vidas y el paso del tiempo. Esta condición ineludible de no permanecer, de estar sometidos al cambio, nos condena a la no posesión del tiempo presente. Vivir en el presente es justamente enfrentarse a la imperfección de nuestra existencia.

No es sólo propio de esta época el anhelo humano de parar el tiempo y la invitación a vivir el presente, sin más. Las reflexiones en cuanto a lo que constituye una vida buena, en el helenismo y el budismo, por ejemplo, incluyen como consejo importante vivir un día a la vez y comprometerse con el presente. La extraña relación que establecemos tanto con el pasado como con el futuro suele ser un fuerte obstáculo para vivir con un grado aceptable de tranquilidad, pues  anclar el corazón en el recuerdo, o en el sueño inalcanzable nos impide contemplar la realidad, que para seres en el tiempo como nosotros, está velada, oculta, y sólo se vislumbra, por pequeños instantes, en el presente.

Los paraísos, aquellos estados plenos en los que somos por fin, felices, en los que alcanzamos estados perfectos en atmósferas de amor puro, libertad total, claridad increíble, suelen llegar a nosotros tarde en el tiempo. Por lo general pertenecen al ámbito del recuerdo que se configura de escenas y sensaciones que la astuta memoria ha seleccionado, descartando todo aquello desagradable o vano. Así, lo que vuelve es casi un florilegio de experiencias que traen consigo aquella desconocida pero familiar sensación de perfección que creemos poseer. Sin embargo, si exploramos más de cerca el paraíso, parece que su tiempo no es el pasado. Aparentan haber existido, pero en realidad se acercan más a aquello que anhelamos pero que en realidad nunca hemos poseído. El paraíso no llega tarde en el tiempo sino que se nos ofrece de manera anticipada. Se adelanta en el tiempo con el impulso que nos otorga el deseo.

Valdría entonces preguntar a Proust, ¿cómo se puede perder algo que nunca se ha tenido? A esto, él mismo responde a lo largo de las siete partes de su obra, al vislumbrar que la felicidad o el amor viven en la ausencia y no en la plena posesión. Somos seres en el tiempo que tienen lo que anhelan justamente al perderlo. Si pensamos en paraísos, si, extrañamente, somos capaces de comprender qué es la eternidad sin evidencia alguna de su existencia, es porque de algún modo ya hemos estado allí. Poseemos lo perfecto siempre y sin embargo al vivir lo perdemos en cada instante.  Así, habitamos  el paraíso sin saberlo y éste se nos muestra completo, con una risa burlona, cuando hemos sido expulsados de él por el tiempo mismo.   

Con las pistas de Proust, más nos vale no entender ingenuamente el carpe diem, pues en el momento no encontramos más que lo que hay en él: tiempo cambiante, imperfecto, carente. No podemos más que vivir el presente y a la vez nada es más complejo y difícil de alcanzar que el presente en su totalidad.