DIANA SOFÍA GIRALDO | El Nuevo Siglo
Viernes, 28 de Junio de 2013

Las barbas en remojo

 

¿Cuánto demorará la protesta masiva brasileña en contagiar a los vecinos? La pregunta se formula así porque  el contagio vendrá, de todas maneras. Solo falta saber el tiempo que durará incubándose.

En meses pasados se vivió el  incendio  de los países árabes, en el momento menos pensado y de modo que todavía no se logra esclarecer. Lo único cierto es que pequeñas manifestaciones de inconformidad se transformaron en una conflagración que desbordó todas las previsiones, por su magnitud y virulencia.

Los efectos están a la vista. Periódicamente aparecen las imágenes del antes todopoderoso mandatario de Egipto, convertido en prisionero agonizante de una explosión popular y encerrado en la cárcel antes de que pudiera comprender qué pasaba. Ni Mubarak ni el mundo lo entienden aún, porque los propios gestores del movimiento están muy ocupados decidiendo a donde van y no tienen tiempo para averiguar de donde vinieron.

En Siria, la protesta desembocó en una guerra civil más dura, sangrienta y larga que la de Libia, otra dictadura  reducida a cenizas.

Pensábamos que era un  fenómeno localizado en otro continente. Con un océano de por medio, Suramérica se creía a salvo pero la  explosión de Brasil comienza a representar el mismo drama. Las protestas empiezan como una expresión del cansancio por la corrupción unida a la desesperación causada por unos pésimos servicios públicos. Es muy pequeña en el inicio. Crece después. Se extiende. Resuenan nuevos estallidos espontáneos. Su velocidad supera la capacidad de comprensión de los gobernantes. Como no se pueden precisar las modalidades del fenómeno, tampoco se  encuentra el remedio. Lo mismo que ocurrió en los países árabes.

Y como el mal no puede identificarse no hay manera de preparar una vacuna. No se sabe cómo construir un muro de contención. No hay extintor.

La Presidenta de Brasil corrió a proponer un plebiscito para aplacar los ánimos. Pero no hay respuesta popular ni al plebiscito ni a las medidas anti corrupción ni a la propuesta de una asamblea constituyente. Las protestas arrecian y se expanden en medio de una violencia en plazas y calles. La fuerza pública protege los edificios públicos, donde los gobernantes se devanan los sesos buscando una salida. Hasta ahora no la encuentran ni en el Congreso ni en los ministerios ni en el Palacio de Planalto. El incendio social llegó hasta las puertas del partido entre las selecciones de fútbol de Brasil y Uruguay en Belo Horizonte, en pleno desarrollo de la Copa Confederaciones. ¡increíble! Ni a la Presidenta en sus más agitados días de revolucionaria se le había ocurrido que podía suceder algo semejante.

¿Qué hacemos? Como no hay vacuna, lo mejor es aplicar los tratamientos preventivos para evitar los males que están en la raíz de las protestas violentas. Y hacerlo pronto, antes de que explote la rabia contenida. Mientras tanto poner las barbas en remojo cuando se ve que están cortando las del vecino y, sobre todo, atacar a fondo los problemas enquistados desde hace años, que  generan estas  explosiones cada día más cercanas. Los pueblos son pacientes, muy pacientes, pero no infinitamente pacientes.