GLORIA ARIAS NIETO | El Nuevo Siglo
Viernes, 31 de Enero de 2014

Democracia, una forma de ser

 

“La democracia es una forma de vivir e incluso morir”

En poco tiempose han cerrado, en Venezuela, 12 periódicos.  Por aquello de “fingir demencia” para no llamar  las cosas por su nombre, aceptemos la explicación que nos dan: no hay papel. Bueno, así como no hay ni leche ni tranquilidad, ni respeto  ni arroz, ni una moneda con un poder adquisitivo moderadamente digno, seguramente tampoco hay papel.

Pero así el duende de los bosques les regalara a los vecinos toneladas de rollos vírgenes, listos para ser impresos, tampoco habría periódicos. Es que la gran ausente, es el principal e invaluable ingrediente de la buena prensa: libertad. Para pensar,  disentir,  analizar y comunicar.

Uno ve el caso venezolano, con el desplome de la confianza y la economía, y un Maduro que desgobierna día a día su país con errática prepotencia.

O mira a Cuba –tan bella, emblemática y aislada-; rodeada de mar y abismos, su gente aprendió a caminar entre pasiones, gardenias y poetas; entre consignas, vehemencia, y represión; mojitos mañaneros, héroes cotidianos que recorren el futuro en bicicleta, y paredes despellejadas, como detenidas en el tiempo. Un ciberespacio lleno de restricciones; internet administrado con gotero; y la verdad depende -siempre depende de quién la diga, quién la oiga, quién la padezca o quién la imponga-.

Por otro lado, las víctimas del pasado cercano, nos piden que no las olvidemos: aquí, las de la nefasta dictadura de  Rojas Pinilla; en Chile, los desaparecidos, masacrados y torturados por Pinochet; los crímenes cometidos por Stroessner en Paraguay; o los de Trujillo en República Dominicana. En demasiadas partes se ha cocido -como la de Vargas Llosa- una “Fiesta del Chivo”.

Por eso y por todo, -definitivamente- “prefiero la peor democracia a la mejor dictadura”.

Me duele, sí, que el ADN de nuestra política, esté tan lleno de vacíos por donde se cuelan la corrupción y el egoísmo; el poder narcisista, las promesas incumplidas y la demagogia de balcón; las cartas bajo la mesa y la compraventa de votos y conciencias.

Tanto así, que Colombia ha logrado ponerle a nuestra democracia, un adjetivo  que en sana lógica debería resultarle completamente incompatible: La nuestra es una democracia inequitativa.

Las garantías son para los más fuertes; el ansia de poder protagoniza las convenciones de los Partidos tradicionales (¿todavía merecen la P mayúscula?); en los pueblos, al Polo le arrancan las pancartas –por las que legalmente han pagado-. Los Verdes ni porque confundan reinarán, y tristemente, los votantes siguen siendo vistos por muchos, sólo como idiotas útiles.

Pero así produzca dolor de estómago oír a José Obdulio Gaviria, al rey Roy, o a los voceros del PIN, la democracia per se, sigue siendo un triunfo. Un triunfo que es preciso defender, aun de sus propios líderes y hasta de las cuñas, que parecen -casi todas- diseñadas por los enemigos.

La democracia va más allá de las personas y los partidos. Es una forma de ser y vivir; incluso de morir, pero como los árboles de Alejandro Casona: de pie.

Posdata: ¡Qué emoción el mensaje en televisión #yocreo, dedicado a Falcao, el más noble, grande y humano de los tigres!

ariasgloria@hotmail.com