RAFAEL DE BRIGARD, PBRO. | El Nuevo Siglo
Domingo, 5 de Octubre de 2014

Por un voto de silencio

 

No  me refiero al voto obligatorio que ahora quieren volver ley allá en la Plaza de Bolívar, costado sur. Me refiero a las ventajas que tendría para nuestra sociedad el que las personas de la vida pública, y quizás también de la privada, hablaran mucho menos. La mitad de nuestros problemas, unos reales y otros imaginarios, tienen que ver con esa manía de estar hablando todo el día, a toda hora y de todo lo humano y lo divino. Hay una especie de concupiscencia colombiana en cuanto al hablar en público.

Hablamos demasiado y por lo mismo nos equivocamos abundantemente. Ahora se usa dirigirse a la Fiscalía para acusar al que dijo algo pues ha herido alguna susceptibilidad, esa área de la vida colombiana que sufre de una sobre-excitación digna de una novela de locura colectiva. Nuestros dirigentes hablan día y noche y uno se pregunta si han tenido tiempo de pensar lo que van a decir, si se han sentado a leer, a estudiar, a confrontar tesis, a caminar un rato con las manos atrás meditando el alcance y la inteligencia de lo que dirán a la audiencia. No siempre parece que este proceso se haya dado antes de abrir la boca. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, afirma el predicador bíblico.

Y cae también en este pecado la radio colombiana. Se hacen unos programas desde la cuatro de la mañana hasta el mediodía y un grupo de hombres y mujeres hablan sin cesar de cuanto les cae en sus manos y lo mismo opinan de la guerra que de un partido de fútbol, del viaje a Marte que del chikunguya, de la moda en París que de los celulares en San Victorino. Un sancocho de generalidades, superficialidades, opiniones sesgadas, acusaciones emocionales y, desde luego, vulgaridades mil.  Me pregunto cómo sería la vida de nuestra sociedad si por un par de días todos estos habladores de oficio hicieran silencio, dejaran su lugar al pensamiento colectivo, a la música, al teatro, etc. Pero ese silencio también sería útil en la vida individual. Habría menos confrontación, menos discusión acalorada, menos acusación, menos motivos para la violencia.  Un voto de silencio es como un propósito de escuchar el corazón, de tomar el pulso de la mente y del espíritu, de saber de uno mismo y de Dios, es como pasar de una espesa selva a una llanura abierta, verde, sosegada. Hora de hacer silencio